La Historia de Mi Vergüenza

Supongo que todo empezó el día qué me vi en bikini en una foto polaroid. Tenía alrededor de 13 años. Nunca antes había ocurrido que le diera importancia a tener que cambiar algo de mi cuerpo, ni preocuparme de ello de ninguna manera.

En esa foto vi una chica algo gordita; con algo más de curva en la tripa y volumen en las mejillas. Yo no era como las que veía en las revistas y en la tele y me cuerpo estaba cambiando. Quizás no era normal, ¿verdad?

Mirando atrás, yo tenía un peso “normal” (y revisamos que nuestra sociedad llama a la normalidad) pero en este momento empecé con una preocupación diferente sobre mi cuerpo niña/mujer. Yo sabía que mi cuerpo había aguantado muchos cambios- ya tenía tetas y abajo en “mis partes secretas” me fijé que había algún pelito extraño. Pero mis padres eran padres muy callados a todo tema sexualidad. Nunca me hablaban de que me podría pasar como mujer en los años de pre-adolescencia, esta charla famosilla de “the birds and the bees”. Pues, de que mi cuerpo podría transformar para ser mujer.

Quisiera dar mérito a mi madre en este tema, era una cheerleader excelente y siempre me empujaba arriba. Nunca me había llamado “gorda” ni metía presión de comer menos o adelgazar. Pero en casa, un gordo era un gordo. Aprendí rápido de ese estigma tan cruel y evidente que existía para insultar a personas y menos preciar su valor de humano simplemente por su peso. Gorda significaba tonta. Significaba vaga y desorganizada, y fea.

Y como todos los niños, aprendemos eso de la sociedad, la cultura y la educación- si querías desgraciar a alguien con una talla más que tú, solo le tenías que llamar gorda. Los ejemplos en mi infancia fueron innumerables: La chica de clase que metía con mi hermana tenía el apodo “tobillos gordos” porque no tenía las piernas definidas y alargadas; en tráfico una vez un hombre alto y abundante pitaba a mi padre y era un “gordo de mierda”; una de mis profesoras me castigaba erróneamente, pues tenía que haber sido porque ella también era gorda, y siendo gorda, era estúpida también.

Así de pequeña ya aprendes que ser gordo es malo y ser delgado significaba que podrías ser muchas cosas guays: popular, sexy, deseada, inteligente, exitosa…

Pero par poder entender lo que significa este trastorno de infancia, tenía otros 20 años de sufrimiento adelante. Así que ahora, continuo mi historia.

Cuando vi esa foto fue la primera vez que me sentí vergüenza de mi cuerpo. Me sentí vergüenza de mi nueva sexualidad. Me sentí una extraña ocupando mi cuerpo humano, comparándome con las delgaditas de clase que aún eran niñas. Y a partir de allí me empecé (que me imagino como muchas si no todas las mujeres en este mundo) a preocuparme por como me veían los demás. Esa simple conexión sería el catalizador de mucho maltrato que daría a mi propio cuerpo incluso un trastorno alimenticio muy serio junto a un exceso de escapes usando el alcohol y droga y muchos años con muy poco autoestima y amor propio.

En un principio, durante los años del instituto siempre jugaba fútbol y otros deportes. Yo era atleta y entrenaba desde pequeña. Así que mi estado físico siempre se mantenía. Con 16 años tuve un novio de 18 años y como un sueño americano yo era la “popular” y tenía muchos amigos. Así podía pasar los años sin tener que preocuparme de mi peso, aunque al fondo, floreciendo y convirtiéndome en mujer significaba que otros fijaba en mi sexualmente y que cada vez más estaría consciente de mi físico.

Como cualquier otra adolescente y chica americana busqué las respuestas a mis curiosidades a través de prueba y error. Empecé a experimentar con el sexo, con el alcohol, y con 17 años tomaba mi primera pastilla de extasis. Fumaba marijuana después de clase, hacía bullying a los frikis como me hacían en años pasados, y escuchaba a Tupac y gangster rap para mostrar mi popularidad y lado rebelde. Ya sabes: cosas típicas. Pero tenía padres exigentes y por suerte metía caña con el deporte, tenía las notas altísimas y siempre llegaba a casa al final de la noche con mi toque de queda prontísimo de las 23:00.

Algo importante pasó cuando perdí mi virginidad (¡que no podemos pasar por ese punto tan rápido!). En ese momento tan joven con 16 añitos y con muy poco tiempo con una regla normal empecé con la pastilla anticonceptivo. A un lado, fue una decision madura que tomamos mi novio y yo por querer ser responsables. Pero las hormonas sinteticas me hicieron engordar y no asistían con las primeras experiencias sexuales (que fueron por muchos años dolorosas y extrañas). Así que pasé por 2 años tomando a pastillas y sintiéndome decepcionada con todo tema descubrimiento sexual. Fue esas cosas- la perdición en cuanto a mi sexualidad y virginidad, y un efecto rebote malísimo de las pastillas que incrementaba mis inseguridades.

Pensé ¿Qué me pasa? ¿Por qué no soy “normal”?

Avance más rápido a mi primer año en la Uni. Me pasé por todo lo típico- experimentar con las drogas, ligar con muchos chicos y chicas, comer todo basura de resaca que me permitía mi bolsillo gastar. Tuve la buena suerte de ir con una beca para jugar el fútbol. Pero el primer año andaba mal con mi enfoque en el deporte- quería fiesta, quería que los chic@s fijaban en mi, quería ser más rebelde, pero sobre todo quería SENTIR. Con todas las distracciones que me ofrecía la uni, yo no podía centrarme en jugar. Así me puso 10 kilos de más y pasaba mi primer año en el banco viendo cada partido como una rancia. Solo me aumentaba mi desprecio por mi misma. Solo me empujaba aún más a deshacerme en sexo, fiesta, drogas y alcohol.

¿Quién por allí podría valorarme?

Mi autoestima consistía en quién me prestaba atención, no en quererme a mi misma.

Así iba.

Llegó un día después de estar 4 o 5 meses empezando en la Uni cuando vinieron mis padres para ver uno de mis partidos. De andar por el pueblo me quedé congelada mirando mi reflejo en una ventana de una tienda de ropa.

“¿Quién era esa gorda?” Me acuerdo pensando. Llevaba un pantalón con cinturón que me daba efecto “muffin top”. Me preocupé.

Pregunté a mi madre: “¿Piensas que estoy gorda?”

Ella no me podía mentir. Me decía que me había puesto peso y tenía que mirar como controlar eso. Empecé a agonizarme.

¿Cómo fue posible llegar a este estado cuando yo era atleta? ¿Cómo era posible que tenía esa cara y ese cuerpo? ¿Cómo podría arreglar esto rápido? Porque yo tenía una cosa clara: no quería estar gorda.

Me venían pensamientos heavies. Yo no quería inhabitar ese cuerpo rechazado.

Pensé “¡Ser gorda no es buena! ¡Ser gorda significaba que nadie me querría! ¡Ser gorda es malo!”

Muy cerca de ese mismo día, tuve una charla muy seria con la entrenadora del equipo de fútbol. Ella me sacó un día después de un entrenamiento para explicarme porque no llegaba a jugar en ningún partido. Básicamente, los malos hábitos estaban perjudicándome y prohibiéndome a maximizar mi potencial.

“Lexi, tienes un descontrol. No estás aquí, no estás enfocada. Es evidente que te estás perdida con la fiesta y descuidándote de la dieta. No muestras respeto por tus compañeras porque llegas tarde a los entrenamientos y muchas veces con resaca, o sin descansar. Y tienes mala hostia. Tienes que aprender como controlar tu rabia cuando juegas y tienes que perder peso. Estás gorda,” me decía mirándome a los ojos sin suavizar ninguna palabra.

Salí llorando. Corrí desde la puerta de su oficina hasta mi dormitorio en lágrimas volviendo a hablarme a mi misma del mismo modo:

“¡Te lo ha confirmado! ¡Eres una gorda de mierda que no sirve para nada! ¡Nunca llegarás a ser nadie estando así!”.

Creo que este momento me marcó como el principio de muchísimos años de odio hacía mi misma, de reproducir lenguaje abusivo en mi propia mente, y exigirme a limitaciones extremas con la comida para intentar adelgazar. Empecé a obsesionarme con la comida.

Busqué en Google las mejores maneras de vomitar después de comer. Empecé entrenar dos veces al día para quemar calorías. Fui al super y compré solo verduras y me forcé comer ensalada cada día. Si desviaba de este regimen tan limitada y sargento, vomitaba cualquier cosa “mala” después.

Mi conocimiento de nutrición fue muy pobre con 19 años aunque comía muy bien de pequeña en casa. Mi padre tuvo un huerto y todo lo que ponía en nuestros platos para cenar era comida natural y saludable. Teníamos lujos de “junk food”, pero teníamos limitaciones adecuadas. Mi madre siempre nos preparó un saco de comida para llevar al cole y el instituto- un sándwich de pavo, lechuga, queso y tomate, una zanahorias, agua, fruta y frutos secos. No nos permitía la mierda de la cafetería. No nos permitía refrescos como coca-cola. No existía comida rápida ni McDonalds en nuestra casa.

Pero aún así ¿Qué sabía yo de que el azúcar engordaba? Nunca me tenía que considerar cosas como ‘valor nutricional’ de la comida o que era correcto para mi cuerpo en cuanto a ejercicio. Solo tenía un miedo profundo de seguir engordando.

Y lo malo es que relacioné mi control de mi peso con mi autoestima y con mi valor como persona. Todo sumaba en mi cabeza (de una manera descontrolada) que yo seguramente no tenía valor en los ojos de mi coach, en los ojos de madre, y seguramente en los ojos de los demás.

Dicen que los trastornos alimenticios pueden presentarse por otras traumas ni siquiera relacionados con la comida y muchas veces están acompañados por la ansiedad y la depresión que en estos años también sufría sin saber que me pasaba.

Yo pasaba por épocas que no comía nada en todo el día menos café y miel. A veces solo me permitía cenar una ensalada o un sándwich a la hora de la cena en la cafetería. Me drogaba más, pero hacía mucho más ejercicio. Entonces veía mi control dependiendo de mi peso- fluctuaba como mi estado mental- a veces estaba muy delgada y bien y otras veces hinchada de tanto hacerme vomitar, comer, vomitar, comer – un bucle de abuso que no podía parar.

Desafortunadamente, pasé muchos años así, y no siempre en continuo. Cuando podía “controlar todo”, me sentía estable, feliz y medio bien conmigo misma. Obsesioné con el perfeccionismo y las mega alta estándares de productividad y exito en todo lo que hacía. Pero, cuando deslizaba de eso, volvía a maltratarme.

Cuando me adelgazaba, mi coach me fomentaba mi mejor forma. Jugaba mucho más porque me machacaba de entrenamientos- pero mi objetivo al fondo de todo lo que hacía ni era jugar. Era ser flaca. El continuo fijación de los demás que “estaba mejor y estaba menos gordita” solo alimentaba el pensamiento de que mi valor como persona esta relacionado con la talla que llevaba.

Mirando atrás, pienso ¿cómo podría haber sido tan ignorante?

Pero ese deseado estado de delgadez que tanto quise no era tan superficial. Al fondo, lo que quería fueron otras cosas. Ser vulnerable, ser vista y reconocida por las multitudes de otras cosas buenas que me pertenían. Al fondo de todo, quería tapar mi mejor vergüenza para poder ser valida y amada.

Yo nunca pedí ayuda y eso fue un gran error. Nunca conté nada a mi familia. Una vez hice una sesión con un psicólogo donde solo lo podía mencionar ligeramente, pero todo el trabajo psíquico hice yo durante muchísmos años.

Dejo este vídeo para mejor conocimiento sobre las enfermedades mentales de anorexia nerviosa y bulimia que destacó en Telemadrid. Además está contado desde la perspectiva de gente que padece a esas enfermedades.

A lo largo de los años y tras pasar mucho sufrimiento me iba investigando mucho de mi interior, mucho de los “por qués” para saber como he llegado adonde he llegado (entra aquí el tema de espiritualidad y yoga :). El fuente de mi trastorno tenía mucho que ver con la falta de amor propio y autoestima. Y más allá empecé a derivar que vivía en constante vergüenza sobre mi ser persona. Comparándome continuamente y mediando mi valor con reglas imposibles e inexistentes. Esta vergüenza y lástima para ser YO fue lo que me prohibía ser Lexi vulnerable pero a la vez fuerte y poder aceptar que podía vivir entre lo que parecía conflictos. Podría tener debilidades pero también podría tener éxito. Podría sentirme débil y unos días jodidamente triste, pero aún así merecer dar y recibir amor.

Hice una investigación de mi ser interior a saco. Empecé a hablarlo con amigas. Fui a terapia. Empecé a caminar y tomar los pasos para amarme. A dejarme sentir vergüenza pero a la vez compasión por mi misma.

Aquí dejo dos videos muy importantes sobre la vulnerabilidad y la vergüenza, discursos hechos por Brené Brown, investigadora en temas como la vergüenza, la vulnerabilidad, y el liderazgo y doctorada en ciencias sociales.

¿Qué podemos aprender de esto?

Quiero destacar mi historia para seguir siendo vulnerable, pero lo más importante es poder llegar a ayudar a alguien que está sufriendo lo que yo sufrí. Ser vulnerable nos puede sacar de una miseria muy importante.

Entonces- pide ayuda. No tengas miedo a confesar tú depresión, ansiedad, o problemas/trastornos alimenticios o problemas relacionados con la comida.

Si fuera más vulnerable y abierta para pedir ayuda y confesar mi enfermedad, igual me hubiera mejorado mucho antes de esta enfermedad mental. Pudiera haber pasado muchas cosas – y lo más seguro- no haberme perdido años de mi juventud obsesionando con mi peso y imagen.

Y más allá sufriendo yo sola.

Lección: ser vulnerable y pedir ayuda no es una debilidad, te puede salvar tu vida.

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